No me encontraba, ni lo deseaba, no me ubicaba en aquel lugar tan conocido. -¿Qué extraño, no?, toda una vida allí y de repente perderme. Conocía cada rincón, cada calle, encontraría la salida de cualquier laberinto, y de repente, todo era un laberinto, físico y mental. Necesitaba salir de allí, y vivir en un lugar desconocido, donde perderme daría sentido a mi vida. Pasear por calles que nunca he visto, conocer rincones que no volvería a recordar. Necesito perderme otra vez. Cuando lo pruebas quieres más, y ahora no quiero estar donde siempre he estado. Lo sé, es una pena marcharte y dejar algo que ha formado y que ha hecho de ti quien eres, pero mi mente, mi cuerpo y sobre todo mi alma me lo piden.
“No me encuentro en un sitio que conozco, necesito encontrarme en un sitio que desconozco”.
Estas fueron las palabras que escribí un mes antes de mi repentina marcha. Aquella noche, el sueño me quitaba el sueño, el sueño de volver a salir de mi precioso pueblo el cual se había convertido en un pozo para mí. Era un pozo oscuro, sin embargo mi anterior viaje me permitía ver la luz, aunque fuera cerrando los ojos en la oscuridad. Sabía lo que era aquella luz, sabía que una vez allí echaría de menos todo esto, pero aun así no querría volver. Aquella noche, tome una decisión de la cual hasta un mes después nadie sospechaba. Lleve mi rutina durante un mes, una rutina ejemplar. Trabajaba como becario por un sueldo que no merece ser llamado así, y por las tardes estudiaba una carrera que ya tenía fin. Sí, intentaba ser chico formal, responsable y todas esas cosas que dicen que hay que ser, para forjarse un futuro. Pero pasaba el tiempo y no veía los dichosos frutos que debería de dar aquella responsabilidad. Mi futuro era incierto, como el de la mayoría de los jóvenes en este país.
Pasó ese mes, y decidí marcharme. Nunca me arrepentí de ello.

Y nunca te arrepientas de nada.
ResponderSuprimirNo podias describir mejor lo que me pasa. Espero poder ir yo tambien a mi encuentro.
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